BELGRANO: ADVERTENCIA Y MUERTE POBRE - Por Hugo Ferrari


El abogado y general Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano no la tuvo fácil.
Sufrió injusticias y soledades, reproches y oprobios, como parece ser el destino de muchas almas nobles y desinteresadas.
Dejando de lado sus enormes méritos civiles y militares, solo recordaré para ustedes lo que escribiera en octubre de 1810, en carta a Mariano Moreno:
"Todo se resiente de los vicios del antiguo sistema, y como en él era condición sine qua non el robar, todavía quieren continuar haciéndolo. Es de necesidad que se abran mucho los ojos en todos los ramos de la administración y se persiga a los pícaros por todas partes, porque de otro modo, nada nos bastará".
En realidad se refería a los españoles y sus prácticas de contrabando, aunque el llamado de atención podría caber a los argentinos gobernantes en muchos momentos de la historia.
Murió a las 7 de la mañana del 20 de junio de 1820 en una Buenos Aires anárquica, asolada por la guerra civil que llegó a tener ese día tres gobernadores distintos: Ildefonso Ramos Mejía, Estanislao Soler y el Cabildo.
Sufría de hidropesía, de problemas cardíacos y de riñones. Al cabo de tantas luchas y sinsabores había llegado a Buenos Aires en marzo de ese mismo año para establecerse en la casa paterna, donde naciera.
En sus últimos días estuvo rodeado de sus hermanos y su médico, a quién le obsequió el único bien que le quedaba: el reloj de bolsillo que le había sido obsequiado por el rey Jorge III de Inglaterra.
En cambio, el gobierno argentino le quedó debiendo un montón de sueldos que de haberlos cobrado le hubieran servido por lo menos, para una muerte más digna.
Belgrano fue enterrado en principio en el convento de Santo Domingo con los hábitos de esa orden y era tal su pobreza que debió usarse como lápida el mármol de la cómoda de su madre.



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