"NADIE SE SALVA SOLO" - NÉSTOR ZUBELDÍA


Me ofrecen la oportunidad de enviarles unas palabras y no quiero desestimar la invitación, sobre todo sabiendo que en estos días se ha extendido por esa provincia que tanto quiero, el riesgo al contagio del coronavirus.
Les escribo desde mi barrio de la infancia y la adolescencia. Volví a vivir aquí en febrero, después de treinta y cinco años lejos, pero la peste vino siguiéndome los pasos hasta dejarnos a todos largamente encerrados desde marzo. En este momento nuestro municipio de Avellaneda, en el llamado primer cordón del conurbano, se encuentra a la cabeza en la proporción de contagios por número de habitantes.
Tal vez la peste no trae muchas cosas nuevas, pero sí nos recuerda algunas que habíamos olvidado o descuidado, como que no podemos desentendernos los unos de los otros porque, como dijo el Papa Francisco “nadie se salva solo” y estamos “en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos”. Lo que hacemos o dejamos de hacer, puede repercutir rápidamente sobre quienes viven en nuestro entorno, incluso más rápido de lo que pensamos…
Hay otras cosas que la peste, como vecinos chusmas, saca a relucir y más de una vez agranda o desfigura. Y no siempre son las cosas mejores. Así algunos vienen a sorprenderse ahora de carencias en muchos barrios o de dificultades en muchas familias o de grandes brechas entre las posibilidades de unos y las de otros...
También la peste nos ayudó a revalorizar, por ejemplo, la escuela y el rol de los docentes, los abuelos o el personal de la salud. Y hasta hemos vuelto a utilizar la palabra “héroes”, que casi parecía reservada exclusivamente al mundo deportivo.
Ya no están entre nosotros los que recordaban y podían brindarnos su experiencia por haber sobrellevado otras pestes. Así lo hemos leído, por ejemplo, en la historia del santo cura Brochero, que estrenó su sacerdocio en Córdoba en la segunda mitad del siglo XIX atendiendo a los enfermos de cólera. O de don Bosco, que unos años antes, salió con sus muchachos más grandes del oratorio de Turín a atender a los enfermos, también de cólera, que quedaban abandonados en las calles, como lo vemos hoy en algunas imágenes terribles de la tele...
Algunos dicen que más que recordar lo que vivieron en el pasado nuestros ancestros, estamos aprendiendo cómo vivirán las futuras generaciones…
Habrán escuchado ya, y con esto concluyo, aquella vieja historia árabe que cuenta de un rey que atravesaba el desierto cuando de pronto se encontró con la peste. El rey se extrañó de encontrarla en aquel lugar:
– ¡Detente, peste!, le dijo, ¿a dónde vas tan rápido?
– Voy a Bagdad- respondió ella- Pienso llevarme unas cinco mil vidas con mi guadaña.
Unos días después, el rey volvió a cruzarse en el desierto con la peste, que regresaba de la ciudad. Muy enojado, el rey le dijo:
– ¡Me mentiste! ¡Dijiste que te llevarías a cinco mil personas y murieron diez mil!
– Yo no te mentí- retrucó la peste– Yo me llevé cinco mil vidas… a las otras las mató el miedo.
Postdata: El miedo del final del cuento original se puede reemplazar también por el egoísmo, la indiferencia, la torpeza o el exceso de confianza.
Los saluda
Néstor Zubeldía


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